Las convulsiones en perros y gatos son una situación delicada y, muchas veces, angustiante tanto para los tutores como para el personal veterinario. Por eso, los cuidados de enfermería son fundamentales para garantizar la seguridad del paciente y ayudar a su correcta recuperación.
Una convulsión ocurre cuando hay una actividad eléctrica anormal en el cerebro. Puede manifestarse con movimientos involuntarios, rigidez, pérdida de conciencia, salivación excesiva o incluso micción y defecación involuntarias. En perros son relativamente frecuentes, mientras que en gatos suelen estar relacionadas con otras enfermedades subyacentes.
Cuando un paciente convulsiona, lo más importante es mantener la calma y asegurar el entorno. Nunca se deben poner las manos en la boca del animal ni intentar sujetarlo a la fuerza, ya que puede morder sin intención. El objetivo es evitar que se golpee, retirando objetos cercanos y acolchando superficies duras. También es muy importante controlar el tiempo de la convulsión, ya que, si dura más de dos o tres minutos, o si se repite sin que el animal se recupere, se trata de una urgencia grave.
Una vez que la convulsión termina, el paciente entra en la fase post ictal. En este momento es normal que esté desorientado, inestable, ciego de forma temporal o muy cansado. Desde enfermería debemos proporcionar un ambiente tranquilo, oscuro y silencioso, reduciendo al mínimo la manipulación y los estímulos que puedan estresarlo.
Durante esta fase es esencial la monitorización constante. Se deben vigilar la temperatura, la respiración, el pulso y el estado general del animal. Muchos pacientes presentan aumento de la temperatura corporal debido al esfuerzo muscular, por lo que hay que estar atentos a signos de hipertermia y actuar si es necesario. También es importante observar cómo va recuperando su comportamiento normal y avisar al veterinario ante cualquier cambio preocupante. Asegurar un aporte de oxígeno extra en esta fase de recuperación ayuda a que todos los órganos estén correctamente oxigenados.
En los pacientes que requieren hospitalización, los cuidados de enfermería son todavía más completos. Estos animales suelen necesitar medicación intravenosa anticonvulsiva, fluidoterapia y, en algunos casos, apoyo nutricional. La correcta administración de los fármacos, respetando dosis y horarios, es clave para evitar nuevas crisis. Además, la observación continua permite detectar convulsiones leves, temblores o cambios neurológicos que podrían pasar desapercibidos.
La alimentación y la hidratación también forman parte del cuidado diario. Algunos pacientes no quieren comer después de una convulsión, por lo que hay que valorar si necesitan ayuda para alimentarse, siempre siguiendo las indicaciones del veterinario.
Aunque los cuidados básicos son similares, hay diferencias entre perros y gatos. En perros, muchas convulsiones se deben a epilepsia, por lo que suelen necesitar tratamientos a largo plazo. En gatos, en cambio, las convulsiones suelen estar asociadas a problemas más complejos, como tumores, intoxicaciones o enfermedades metabólicas, lo que hace que la observación sea aún más importante.
Por último, la comunicación con los tutores es una parte fundamental del trabajo de enfermería. Explicar qué hacer si el animal convulsiona en casa, cuándo acudir de urgencia y la importancia de no suspender la medicación ayuda a reducir el miedo y mejora el manejo del paciente.
